De apariencias y engaños

Desconozco la hora del día en que estarás leyendo ésta líneas, querido lector. En mi caso, las escribo cuando son las 23:07 horas del jueves 4 de mayo de 2017. Reconozco que el recuerdo de ésta historia me ha sacado de la cama, porque, como dicen “No dejes para mañana lo que que puedes hacer hoy” aunque a éste hoy le queden apenas 54 minutos. 

Hay otra consabida frase que dice eso de “las apariencias engañan” siempre lo había escuchado y ahora he descubierto que es muy certera.

Esta mañana, me encontraba en un centro de salud cualquiera, por un motivo cualquiera, eso es lo menos relevante en la historia. A la vacía sala de espera – algo extraño en la sanidad pública, pero era así – llegan dos mujeres, madre e hija. Guiado por unos tópicos absurdos, con los cuales en éste momento me arrepiento de haber comulgado, rápidamente advierto de lo extraño de ellas. De lo marginal, vamos a ser claros. Comenzamos una conversación. No tardo mucho en darme cuenta de lo que equivocado que estaba al realizar mi valoración a primera vista. La madre me cuenta como impone a sus hijos el respeto a los demás, especialmente a los profesores en los centros educativos, porque hay que ser educado. 

En la conversación sale una realidad tan dolorosa como extendida; varios de sus hijos quieren estudiar, pero uno de ellos tiene que conformarse con un ciclo formativo, pues la situación económica familiar no es la más idónea y el escaso dinero de las becas se entrega a la familia para poder hacer frente a los pagos. El otro, también tiene voluntad, pero tuvo que volver a cursar un determinado curso, pues no pudo hacer frente al elevado desembolso que supone pagar los manuales de estudio.

Si ya me encontraba gratamente sorprendido, la continuación no es para menos. Ella me dice que debería leerse más y que a ella le encanta. En su momento, sacaba libros de la biblioteca y tenía que conformarse con ediciones de bolsillo que le dejaba un familiar, pues tampoco podía hacer frente a más. En éste punto de la conversación, tengo una sensación de esperanza y otra de desencanto, a la vez. Esperanza por ver el empeño en buscar algo que leer, pese a una situación adversa, en estudiar con el grave hándicap de no tener recursos. Desencanto por que ésto aún suceda en nuestro siglo.

Para reflexionar. Fue tal el impacto que generó en mi aquella conversación que, pese a las horas, no quería dejar pasar éste día y que, en el momento de ponerme ante el teclado de hayan perdido ya matices de aquella inesperada charla que se convirtió en motivadora casi sin pretenderlo. Para reflexionar sobre la valía de muchos que se ven limitados no por sus ganas o sus aptitudes sino por su posición económica. Para reflexionar sobre la fuerza de voluntad y de aquella otra frase que dice que “el que quiere, puede”.

Antes de abandonar el recinto volvemos a cruzarnos. Se marchan. Al tiempo que me estrecha la mano, la madre me confiesa que ha sido un placer conocerme. Yo, quizá por lo avergonzado que me encontraba al haberme dejado llevar por la primera impresión y haber hecho un muy injusto juicio de valor antes de tiempo, o quizá por no haber sabido dar una oportunidad a aquellas mujeres, no dije mucho más, pero la realidad es que el placer y el honor fue mío.

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