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Domingo de opinión: Nuevos tiempos en El Faro del Atlántico

DOMINGO, 11 FEBRERO de 2018

He de reconocer que cuando comencé esta andadura, allá por agosto de 2010, no pensaba que la continuidad de este proyecto fuese tal que alcanzase los ocho años de vida, que, ciertamente, se dice pronto.

También tengo que reconocer que, desde hace algún tiempo vengo pensando la forma de dar un giro al contenido que publico en este rincón de la red. Es ahora cuando se comienza a perfilar que será del nuevo Faro del Atlántico.

En el nuevo blog, la opinión cobrará una especial relevancia, prescindiéndose de cualquier tipo de contenido informativo no divulgativo (esto es, noticias de actualidad, sucesos u otra índole). Tanto es así que, desde el domingo 10 de febrero se pondrá en marcha un nuevo proyecto, la publicación semanal de un artículo de opinión, cada domingo, con el análisis de los asuntos de mayor relevancia durante la semana. Sin más límite que uno, el absoluto destierro de cuestiones de índole política.

Así, la línea editorial del blog se desarrollará en torno a la originalidad, esto es, la publicación de contenidos de elaboración propia, reduciendo al máximo aquellos copiados – en el buen sentido de la palabra -, y es que a nadie se le escapa que haciendo una sencilla búsqueda podemos encontrar artículos publicados exactamente igual en numerosas webs y blogs, en algunos casos incluso sin citar la fuente. 

También estará presente la calidad, es decir, la publicación de contenidos de interés, sin recurrir al titular o contenido fácil, con el único objetivo de atraer visitas.

En las próximas semanas se irá perfilando el nuevo concepto, con la paulatina incorporación de nuevos elementos, así como la supresión de otros que ya no tienen cabida.

¿Te unes al cambio?

javier.cruz@elfarodelatlantico.es


 

 

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La anónima labor de crear inspiración

Hay autores afamados, exitosos, que amasan su fortuna y la hacen cada día mayor. Piensan que pertenecen a una élite, un selecto club de intelectuales con buenas casas, buenos coches, formación…pero se equivocan.

El tiempo nos ha descubierto a personas simples, sencillas, que tan sólo tienen ese “don”. Esa capacidad de comunicar a través de la palabra, y, principalmente, de encontrar las palabras adecuadas. Algo que a lo que puede contribuir la formación, pero no crearlo. O se tiene o no se tiene. Y créanme, que ésto último a disgusto de muchos. 

No pocas veces hemos visto en la televisión o las redes sociales casos de esos que nos hacen sacar una sonrisa. Una persona pobre, sin hogar, que se cruza con alguna buena alma que le ayuda a descubrir una cualidad que hasta entonces permanecía guardada para sí

No había tenido ocasión – y ésta les aseguro que voy a recordarla algún tiempo – de cruzarme con ese tipo de personas; las del don. Pero ayer fue así.

Estaba desayunando en la cafetería de una gasolinera (me van a permitir omitir cualquier detalle de localización al respecto). Cuando al otro lado del cristal me fijé en él. Un señor entrado en años (y en canas), con barba, gafas de sol y una piel morena que empezaba a notar el paso de los años cual melocotón que empieza a mostrar que es apremiante su consumo. Zapatos negros, sucios, con velcro que ni tan siquiera estaba correctamente ajustado.

Sentado en una pequeña acera, oculto tras una moto y un cartel promocional de la estación de servicio guardaba a su lado una carpeta azul y una libreta verde. Escribía, con una letra digna de los más cultos de antaño en una segunda libreta. ‘Para Cuba’ era aquello que con tanto sosiego escribía. Dos versos, alzaba la vista, como si en aquél rincón encontrase la más honda de las inspiraciones, y continuaba escribiendo. 

Posiblemente esos versos no saldrán nunca del cuaderno. Posiblemente se trate de otro autor anónimo que nos dejará pasando inadvertido cuando se trata de un urdidor de historias, igual mucho mejor que algunos que se jactan de serlo y no ansían más que reconocimiento. En algunas ocasiones, y a la vista del nivel de pobreza, espiritual, de parte de la sociedad, casi que preferiría ser anónimo, pienso mientras me alejo de la cafetería, pensando porque no invité a un café a ese anónimo, y es que al fin y al cabo, no todos los días se tiene la oportunidad de tener en tu mesa a un genio. 

Hecho totalmente verídico acaecido en una gasolinera de Gran Canaria. Mi agradecimiento a esa persona anónima cuya inspiración me inspiró a construir éstas líneas. 

Discriminación y moral mínima

Volvió a suceder. Una vez más, desgraciadamente, tenemos que hablar de hechos despreciables sufridos por la sencilla pero a la vez peligrosa razón de ser de un colectivo. Hablo del atentado acaecido en Orlando, en Estados Unidos que sesgó 50 vidas y que iba dirigido a la población homosexual en general y a la ciudad en particular. 

En pleno siglo XXI, en países democráticos es no sólo posible sino que también, y para enriquecernos todos, recomendable, que convivamos con personas con diferentes ideas. Nada más agradable que una confrontación en foma de coloquio o debate sobre dos posturas contrapuestas, no obstante, ésto no tiene cabida en ninguna sociedad, y menos aún en una como la nuestra. 

No tiene cabida que se cernene la vida de otra persona simplemente porque no es como deseamos, por sencillo que parezca, algunos sujetos no lo tienen en absoluto claro.  Y no hablo únicamente del ámbito de la orientación sexual, y tampoco de Estados Unidos, hablo de cualquier tipo de violencia que vivimos en nuestras calles cada día. Por política, por religión, por raza…cualquier motivo es válido para que algunos hagan valer su falsa preeminencia sobre el resto. 

Respecto a ello hay un ejemplo muy claro – y que ya traté en su momento -, los mal llamados refugiados (ya que, en puridad, refugiado se denomina a aquél que es acogido en un país extranjero, y lo que se está haciendo dista mucho del término acoger) y el retrato de la sociedad al respecto, que usa cualquier tipo de falacia (en muchas ocasiones de ridículo fundamento, cuando no directamente creado para la ocasión). 

“[…] la moral mínima quedaría reducida a un número extraordinariamente limitado de preceptos […] aquéllos sobre cuya base se fundamenta la propia existencia y que, de alguna manera, reflejan los elementos inherentes a la misma condición humana.” * 

Aún recuerdo la ponencia-clase magistral – en éste caso, el nombre hace honor a la misma – excepcional, pues trabaja en otra universidad que no es la mía, del profesor Ara Pinilla en la que nos explicó precisamente éste apartado del temario de su libro, “Derecho y moral”. Sin lugar a dudas, de sus palabras se desprendía una inmensa sabiduría. El caso es que a la vista de todo lo que sucede en nuestro país, en nuestra localidad, e incluso también en la misma calle en que vivimos, me surgen serias dudas sobre si aún podemos otorgar plena vigencia a un concepto como ese

Vista la deshumanización de la sociedad actual, creo posible considerar un atrevimiento dar a ‘moral mínima’ una definición como la que le otorga el profesor Ara Pinilla. Visto que se desprecia a personas que huyen de la muerte, que se persigue y agrede (ya sea física o verbalmente) a quienes tienen ideas que difieren de las nuestras (como es habitual en mis comentarios, entiéndase éste como un plural meramente inclusivo), ¿Ello es propio de la misma condición de ser humano? Permítanme que lo dude, y lo peor de todo, que cada día hay más voces que se alejan precisamente de eso, de la condición de ser humano.

  • ARA PINILLA, Ignacio. Teoría del Derecho.  2ª Edición. Taller Ediciones JB. ISBN 84-6054-248-3