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¿Dónde queda lo nuestro?

No diría nada nuevo si afirmase que progresivamente estamos acabando con nuestras tradiciones, aquellas que seguían nuestros abuelos y bisabuelos y que nosotros, en éste caso, entiéndase como un plural de cortesía, en tan sólo unos años lo hemos cambiado por una cultura propia de ningún sitio y celebrada en todos. 

Si acudimos a la RAE, encontramos ésta definición sobre la cultura (popular) :“Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”, en términos estrictos podríamos decir que hemos aniquilado nuestra cultura popular. 

Hemos acabado con ella porque hemos transformado las romerías en ir vestido de cualquier forma. Ellos, con pantalón vaquero corto, playeras de alguna marca conocida (a la que no voy a hacer publicidad, por supuesto), y chaleco sin camisa. Ellas, con faldas que, de tradicionales tienen más bien poco. Luego están aquellos, la mayoría, que ve en una romería el momento ideal para consumir bebidas alcohólicas hasta la extenuación. 

Pero en éste comentario no quiero centrarme en ello, por la transcendencia que se le da en otros comentarios y por el momento del año en que nos encontramos. 

Estamos a las puertas del 31 de Octubre, la llamada noche de los difuntos y hasta ahí estamos de acuerdo. En los últimos tiempos, en Canarias se ha popularizado “Hallowen”, una fiesta de origen anglosajón celebrada en países como Canadá, Estados Unidos o Reino Unido. La fiesta encuentra su origen en la conmemoración de celta del Samhain (celebración del fin de la cosecha en la cultura celta previa a su conversión al cristianismo) así como la celebración cristiana del Día de Todos los Santos, del 1 de Noviembre. Un festejo sobre el que tengo un profundo respeto, por supuesto, pero que no debe sobreponerse a nuestra celebración de la noche de los difuntos – entendida ésta como recuerdo a los fallecidos, y no como sinónimo de Hallowen -.

Posiblemente, algunas generaciones, las más jóvenes, e incluso la mía, no conozcan nuestra celebración del 31 de Octubre, “Los finaos”. Esa noche, la mujer de mayor edad de la familia recordaba anécdotas y vivencias de los miembros fallecidos al tiempo que se comían nueces, castañas, almendras, higos y se bebía vino dulce o anís.

Al mismo tiempo, los “Ranchos de Ánimas” iban recorriendo los pueblos casa por casa, interpretando tristes canciones, rezando por los fallecidos de la familia y recogiendo ofrendas (bien en dinero o en grano) con las que realizaban una misa en recuerdo a todos los finados.

La noche ponía su fin con los Bailes de Taifa, momento deseado por los más jóvenes, pues era uno de los eventos en los que se buscaba (y encontraba pareja).

Como pueden comprobar, no tenemos nada que envidiar de la cultura popular de otras regiones, aunque cierto es que estoy totalmente a favor de que se realicen muestras de las costumbres de otras regiones como forma de culturizar a nuestra sociedad, nunca éstas puede ocupar el sitio de las que veníamos desarrollando a lo largo de tantos años.

Pero claro, si no sabemos conservar nuestra forma de hablar, ¿Vamos a luchar por nuestras tradiciones? (Y entiéndase nuevamente como un plural de cortesía).

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