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Nunca dejes de soñar

Metafóricamente, creo que existen tres tipos de personas; las que quitan las calles cada madrugada, las que las disfrutan cada día y las que las ponen cada mañana, yo pertenezco a éste último grupo. 

Mis días laborales – en éste caso, académicos – empiezan cada mañana a las 04:00 horas, en éste punto no sé si decir que es mañana o madrugada, lo cierto es que es bien temprano. La distancia entre donde resido y mi facultad y la disposición actual del transporte público hacen que pasen nada menos que 3 horas desde que dejo atrás las sábanas hasta que pongo un pie en la universidad, y una más hasta que empiezan las clases.

Algún lector habrá proferido una exclamación al comenzar a leer el párrafo anterior, pero lo cierto es que no le falta razón a nuestro prolijo refranero cuando dice eso de a quién madruga, Dios le ayuda. Al menos, si no ayuda si que te permite conocer a personas que, quizá, no tendrías oportunidad de hacerlo durante las ajetreadas horas del resto día, siempre que no se mezclen los que quitan las calles con quienes las ponemos.

Coger tres guaguas para llegar de un punto al otro – con sus pasajeros, y sus tres chóferes – a priori podría parecer engorroso, pero creánme que no lo es, al menos no si sabemos aprovecharlo. Insisto, siempre que no se mezclen dos de los tipos de personas citados al inicio. 

No hago hincapié en ello por casualidad, sino por una circunstancia que, si bien no viví directamente, si que lo hice de forma indirecta. En uno de mis trasbordos, a eso de las 6:45 de hoy viernes (llevaba desde las 05:30 en ruta) llegué a un intercambiador de Las Palmas de Gran Canaria, en momentos previos a mi llegada, dos individuos – que me van a permitir no calificar – en estado de embriaguez y quién sabe si de algo más, la habían emprendido a insultos con los viajeros que se encontraban en el lugar – trabajadores su gran mayoría, ya que a esas horas, a excepción algún viajero del aeropuerto, nadie en su sano juicio y sin una causa justificada andaría por esos lares. – y también con el personal de seguridad. No presencio directamente los hechos ya que a mi llegada ya se habían personado efectivos del Cuerpo Nacional de Policía que se encontraban identificándolos. 

Sé que es una promesa reiterada en mis comentarios el analizar por separado circunstancias que trato en el blog y que, por no hacer desagradable la lectura, dejo para posteriores entradas. Bien sea por falta de tiempo, bien por falta de motivación – porque, aunque no lo crean, no puedo escribir en cualquier momento y lugar -. Lo cierto es que una vez más vuelvo a emplazarles a un futuro relato acerca de la juventud canaria. 

Si lo analizamos detenidamente, todo tiene su lado bueno y lado no tan bueno, no hay mal que por bien no venga, dice nuestro refranero, por continuar refiriéndolo. Y éste día lo tuvo, y casi de manera simultánea. Al coger mi última guagua, en el tramo final del recorrido me quedo como único pasajero, momento que aprovecha el chófer, un joven de treinta y tantos, para preguntarme que estudiaba, tras una breve conversación llego a mi parada. Él se despide felicitándome las fiestas por si no nos volvemos a ver, me dice, a la vez que me desea suerte en mis estudios y me da una clave, nunca dejes de soñar. 

Y aquí éste el núcleo de éste comentario. Nunca dejen de soñar. Las líneas anteriores podrían ser perfectamente un texto de tantos de esos que llaman motivadores, pero no, es muy real. Llego a ésta línea a las 20:49 de éste viernes 11 de Diciembre de 2015, llevo ya 17 horas de actividad, sin un descanso, sin una siesta. Ustedes se preguntarán que relación tiene ésto con dejar o no de soñar, pues bien, se los diré enseguida: todo ésto es por un sueño. Dan igual los momentos desagradables, da igual pasar frío durante las mañanas, tampoco importa lo que puedan suponer casi dos horas de guagua para ir a clase y volver a casa, mucho menos las trabas y zancadillas que te ponen en camino, porque, aunque no lo crean hay quienes defienden su posición a capa y espada, intentando impedirnos a los demás llegar a su lugar, e incluso superarlo. Da igual porque todo ello lo hago por un sueño. Mi sueño: la abogacía, el de ustedes no lo sé, pero ustedes si, y sino intenten descubrirlo, les aseguro que merecerá la pena. Me resisto, a éstas alturas de redacción a escribir una frase de esas que todos hemos escuchado, pero no puedo evitarlo. “Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo”. 

Para ustedes únicamente he cambiado de párrafo, pero para mi han pasado ya 9 minutos, son las 20:58, y va siendo momento de concluir. Ahora por fin, si podré descansar, cediendo el testigo a aquellos que quieran quitar las calles esta noche, y ponerlas mañana, en ambos casos les aseguro que, al menos hasta el próximo lunes, no seré yo.

Toda mi gratitud hacia el conductor de GLOBAL cuyas palabras dieron pie a ésta reflexión, GRACIAS.

¿Dónde queda lo nuestro?

No diría nada nuevo si afirmase que progresivamente estamos acabando con nuestras tradiciones, aquellas que seguían nuestros abuelos y bisabuelos y que nosotros, en éste caso, entiéndase como un plural de cortesía, en tan sólo unos años lo hemos cambiado por una cultura propia de ningún sitio y celebrada en todos. 

Si acudimos a la RAE, encontramos ésta definición sobre la cultura (popular) :“Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”, en términos estrictos podríamos decir que hemos aniquilado nuestra cultura popular. 

Hemos acabado con ella porque hemos transformado las romerías en ir vestido de cualquier forma. Ellos, con pantalón vaquero corto, playeras de alguna marca conocida (a la que no voy a hacer publicidad, por supuesto), y chaleco sin camisa. Ellas, con faldas que, de tradicionales tienen más bien poco. Luego están aquellos, la mayoría, que ve en una romería el momento ideal para consumir bebidas alcohólicas hasta la extenuación. 

Pero en éste comentario no quiero centrarme en ello, por la transcendencia que se le da en otros comentarios y por el momento del año en que nos encontramos. 

Estamos a las puertas del 31 de Octubre, la llamada noche de los difuntos y hasta ahí estamos de acuerdo. En los últimos tiempos, en Canarias se ha popularizado “Hallowen”, una fiesta de origen anglosajón celebrada en países como Canadá, Estados Unidos o Reino Unido. La fiesta encuentra su origen en la conmemoración de celta del Samhain (celebración del fin de la cosecha en la cultura celta previa a su conversión al cristianismo) así como la celebración cristiana del Día de Todos los Santos, del 1 de Noviembre. Un festejo sobre el que tengo un profundo respeto, por supuesto, pero que no debe sobreponerse a nuestra celebración de la noche de los difuntos – entendida ésta como recuerdo a los fallecidos, y no como sinónimo de Hallowen -.

Posiblemente, algunas generaciones, las más jóvenes, e incluso la mía, no conozcan nuestra celebración del 31 de Octubre, “Los finaos”. Esa noche, la mujer de mayor edad de la familia recordaba anécdotas y vivencias de los miembros fallecidos al tiempo que se comían nueces, castañas, almendras, higos y se bebía vino dulce o anís.

Al mismo tiempo, los “Ranchos de Ánimas” iban recorriendo los pueblos casa por casa, interpretando tristes canciones, rezando por los fallecidos de la familia y recogiendo ofrendas (bien en dinero o en grano) con las que realizaban una misa en recuerdo a todos los finados.

La noche ponía su fin con los Bailes de Taifa, momento deseado por los más jóvenes, pues era uno de los eventos en los que se buscaba (y encontraba pareja).

Como pueden comprobar, no tenemos nada que envidiar de la cultura popular de otras regiones, aunque cierto es que estoy totalmente a favor de que se realicen muestras de las costumbres de otras regiones como forma de culturizar a nuestra sociedad, nunca éstas puede ocupar el sitio de las que veníamos desarrollando a lo largo de tantos años.

Pero claro, si no sabemos conservar nuestra forma de hablar, ¿Vamos a luchar por nuestras tradiciones? (Y entiéndase nuevamente como un plural de cortesía).